miércoles, 14 de diciembre de 2011

De salida


(¡Hey! ¿Quién ese que va de salida? ¿Thom Yorke? Juraría que es Thom Yorke, a mediados del decenio pasado... Cuando todavía no se había dejado crecer las greñas).

Derrelictos
descansa, cesa, enmudece, finaliza por este año. Quizás vuelva en 2012 bajo esta misma encarnación... U otra, en algún otro lugar. Puesto que en muchos sentidos ya no soy la misma persona que arrancó con este blog en 2007, quizás sea hora de "ir bajo el agua", de hacer algunos ajustes o "actualizaciones" (en el tono, en los temas, en la imagen, etc.). Lo que no ha cambiado en estos tres años y un pellizco es mi gratitud: gracias por detenerse aquí de cuando en cuando, gracias por curiosear, por leer y compartir una que otra reflexión. Ha sido un ejercicio estupendo de autoexploración y de acercamiento virtual a los demás.

Les deseo unas muy felices navidades y un cálido año nuevo. Y que todas esas voluntades en conflicto que sobrepujan al mundo logren su acomodo en el concierto de los tiempos. Que así sea.

lunes, 12 de diciembre de 2011

La diosa desde el alféizar


Si no la conocen, si no lan han visto por ahí, entonces se las presento: ella es Tykhé de Caracas, la diosa griega que (desde lo alto de la fachada de la Escuela de Música José Ángel Lamas, en la avenida Urdaneta) vela por nuestra fortuna de paganos desterrados en una urbe que pudo haber sido un abreboca del Edén, pero extravió el camino. Esta fotografía de Pablo Krisch la tomé del excelente blog de la arquitecto Hannia Gómez, Desde la memoria urbana, por el que todos los amantes de esta ciudad terrible pero seductora deberíamos pasearnos de vez en cuando. Sobre la historia de la advocación criolla de Tykhé, pueden leer este esclarecedor texto de la Fundación de la Memoria Urbana.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Del paraíso de los cafeinómanos

Imaginar un viejo aviso publicitario

Apreciado amigo, apreciada amiga: si en la moderna Caracas de los años 50 usted sigue usando una media como manga de colar café fue que no hizo su lista de bodas en Sears. Nuestra espaciosa tienda de Bello Monte le espera con artículos de inmejorable calidad y estilo, que harán de su hogar una sucursal del cielo en la Tierra. ¡Las medias son para los pies! Visítenos sin compromiso, también abrimos los domingos.

sábado, 10 de diciembre de 2011

Merecimiento


Me pregunto que habrá hecho o qué tiene esta calle para merecer tantas flores

jueves, 8 de diciembre de 2011

Espejo hablado




"If I had known then what I know now"
RED MOSQUITO, PEARL JAM

Donde menos te lo esperas puedes reconocerte en alguien y entender mejor tantas cosas... Y recordar que una vez más olvidaste hacer aquello tan difícil a lo que siempre te obligas: no juzgar a alguien sin haberte tomado la molestia de conocerlo bien primero. Porque no te gusta que lo hagan contigo.

Es curioso oír una historia ajena y sentirte retratado en ella palmo a palmo. Oír que alguien cuenta su historia entre sonrisas, como una prueba felizmente superada y entender que, después de todo, sí es posible. Que la vida es buscar un modo, cada cual el suyo.

Con todo, tragas grueso cuando detectas el punto de la historia ajena/tuya, en la que al otro, por así decirlo, "le salieron alas", y tú, en cambio, te dislocaste. Donde la misma historia se bifurca en dos casos, en destinos muy diferentes. Pero, ¿acaso hay destinos iguales? ¿Acaso hay destinos?

Escuchar historias que son "extrañas familiares" es otro modo de aprender, en retrospectiva. Quién sabe si útil para el futuro. Hay bifurcaciones que, en tramos posteriores, vuelven a hacerse una misma vía. Claro está, el camino ya nunca es el mismo. Quizás mejor, con el condimento de la experiencia. De los trancazos épicos y las euforias ocasionales.

Puesto que estamos condenados a no conocer jamás nuestro rostro de primera mano, condenados a creer lo que de nosotros nos cuenta nuestro reflejo, es una pequeña felicidad reconocerse por segundos en alguien a quien podemos mirar a la cara. Reconocernos, pues, en un rostro que está asociado a un nombre, que es emblema de una vida; rostro, nombre y vida a los que podemos mirar de frente y saber (si que estas cosas pueden llegar a saberse) que son/somos alguna clase de verdad.

Elasticidad

Aunque buena parte de mi vida he sido silencio (un silencio oceánico, del que pocos conocen su ruido, las pequeñas escaramuzas con que ha procurado traicionarse a sí mismo, romperse, debilitarse), así como buena parte del cuerpo humano es agua, nunca he tolerado bien el silencio. Existo entre marejadas de música, de todas las músicas imaginables. Y aún así, silencio. A veces el silencio es como si el suelo se hundiera bajo mis pies, sin romperse. Caigo sin ser tragada por la tierra, infinitamente. Y vuelvo a verme en el nivel de partida. A veces, el silencio no es el suelo sino la caída elástica. Y ahora caigo tan lentamente (lo que en materia del silencio, irónicamente, equivale al vértigo), me siento tan piedra y tan incendiada a través de ese silencio que es caída elástica, que llego a creer que una caída tan prolongada (lo que en materia de silencio, irónicamente, equivale a violencia), tan sin precedentes (que en mi caso puede ser que nunca antes me hubiera dado cuenta de que tanto silencio a mi alrededor era posible), no es más que el movimiento inicial de un inmenso rebote de ese suelo elástico que se hunde, para propulsarme hacia los confines de la galaxia.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Sevicia


Hace una semana, exactamente un par de días antes de que sucedieran los terribles hechos que provocaron la muerte de un niño de cinco años en Guanare, le comentaba a alguien sobre una tendencia que vengo detectando en los diarios españoles (los cuales, por motivos que no vienen al caso, he terminado leyendo con mayor fruición e interés que los venezolanos. La fruición, por supuesto, no tiene que ver con lo que expondré a continuación): la muerte, en circunstancias violentas y casi siempre absurdas, de niños pequeños, muchas veces a manos de sus propios padres.

Me había percatado del asunto, pero no fui consciente de cuánto me inquietaba hasta que lo comenté en voz alta. "Puede sonar a lugar común", dije durante esa plática con cierta amargura, "pero eso pone de manifiesto que las cosas en el mundo están más graves de lo que imaginamos. Porque los niños son el límite, nuestra última frontera, un refugio, lo mejorcito que tenemos. Y cuando la especie humana, en un macabro retorcimiento de su instinto, se vuelve contra sus crías, depredadora de sus brotes más tiernos... No sé, me aterra un poco todo esto".

Quien no respeta a un niño, no respeta nada. No tiene temor de Dios, ni de los hombres. No creo que sea capaz de amar. Todo le vale madre. Quien atenta contra un niño raya en lo psicópata. Puede darse el caso de que alguien, por las razones que sea, no tenga empatía con los adultos, pero, ¿cómo no tener empatía con un niño, que es como decir 'tener empatía con ese niño que todos fuimos alguna vez'? Hey, hablo de empatía, ni siquiera de compasión. Hablo de respeto y delicadeza por criaturas que son más débiles, que dependen de nosotros, que no tienen como defenderse, que esperan que los protejamos, no que les hagamos daño.

Mi intención no es lanzarme un sermón. En la conversación que mencioné, el tema salió casualmente, entre otros tanto o más acuciantes para la opinión pública: la crisis económica que recorre al mundo como un escalofrío, las difíciles perspectivas para el futuro, aun más difíciles en ciertos lugares del planeta, el calentamiento global...

Pero lo de los niños me parece el colmo. Porque no es un desastre natural, ni de los mercados financieros. Es algo que podría evitarse.

"Abre todos los días la edición digital de algún periódico español", comenté. No tengo nada en contra de España, me parece un país fabuloso. No me he propuesto hacerle publicidad negativa. Digamos que es una muestra al azar. Además, se trata de casos locales y también de otros países reseñados en esos diarios. "Abre uno todos los días y te encontrarás, sin falta, con alguna noticia de un caso de violencia extrema contra un menor de edad. Cuando no es un niño, es una mujer. Pero los de los niños parecen haber repuntado. O al menos esa es la sensación que te crea verlos una y otra vez en la prensa".

Niños atropellados que nadie auxilia en la calzada. Niños atropellados que los conductores rematan. Niños que sus padres muelen a golpes y de los que luego dicen que "se cayeron por las escaleras". Niños ahogados adrede o fracturados por algún objeto contundente que nunca debio rozarlos siquiera. Niños muertos a tiros. Niños violados por familiares o desconocidos. Niños desaparecidos a manos de sus propios padres. Niños a los que sus padres meten en la lavadora para castigarlos. Y así sigue la lista.

¿Qué nos dice eso? Que algo muy oscuro está manando del corazón humano con más fuerza que en otros tiempos. Ha existido siempre, pero a veces se desborda. Si hay entre nosotros seres capaces de maltratar hasta la muerte a su propia sangre, caben las razones para temer por nuestro futuro, para desconfiar. Siempre parto del principio de que la mayoría de la gente es buena, de que por cada una de estas bestias de trayectoria o de ocasión hay miles de personas que intentan criar lo más amorosamente posible a sus hijos para que continúen ese legado en un mundo cada vez más descalabrado. Pero no siempre se logra. Estas noticias dan que pensar. La crueldad campea en el mundo, junto al hambre, la corrupción, la violencia gratuita, la mentira. Eso no es noticioso, y sin embargo, conviene que no lo perdamos de vista. Uno nunca sabe cuándo puede tocar a la puerta.

martes, 6 de diciembre de 2011

Claraboyas


Aceptar esta intemperie de palabras, este párpado que nos desnuda ante una luz inabarcable



Mallas, redecillas de hierro colado y vidrio que represan los cabellos, las alas de lo diurno



lunes, 5 de diciembre de 2011

Desviar la atención

Bien podría ser aquella Sula de alma inextricable y triste destino que magistralmente "pintó" Toni Morrison en su novela homónima de 1973. Me abstengo de mostrar sus pies sureños, porque no le encontré zapatos de su talla y me pareció poco elegante mostrarla descalza, no tanto porque desentonara con su atuendo (que hasta guantes lleva), sino porque... tiene juanetes.
















domingo, 4 de diciembre de 2011

Álamos para el alma


En la vibración del aire, la capilla
del viento, en el reverso de la claridad del día:

la copa de la cúspide de luz,

la cumbre de la noche boca abajo,

el fardo destripado de la niebla en los álamos,

el pendiente del cielo deshilachado: chopos,

chopos en la túnica de la noche vendimiada,

¡tiempo del trigo y el mosto, tiempo de langostas!

Al borde del cielo zumban, en la línea

del horizonte rojo saqueado por el sol,

la osamenta de la noche en llamas.

Al vértice del aire, vivirá el aire,

en el cerco de cúpulas del viento.


"Cosecha", en: El vendaval, de Pere Gimferrer (Península, 1989)


sábado, 3 de diciembre de 2011

Cuento de camino

(Coincidiendo con una lectura de "En uso de razón", de Caupolicán Ovalles [1963])

ADVERTENCIA
Si Ud. es mayor de 18 años, puede leer el texto que sigue. Si Ud. aún no ha cumplido los 18, aunque haya lengueteado la tapa de una botella o le haya comprado suministros en una licorería a sus hermanos mayores, tenga la amabilidad de salir inmediatamente de este post... Eso sí: no deje de leer los otros, aptos para todo público según las leyes vigentes.



Eran cuatro, como los Karamazov, si contamos al ilegítimo, Pável Smerdiákov.

Eran cuatro, como los Orozco, luego que la dictadura desapareciera a los más rocheleros; o bien, si el malthusianismo y/o el sexo tántrico hubiesen disuadido al señor y la señora Orozco de gastar esas energías y esos reales.

Éranse una vez cuatro hermanos: Coscor, Cigar, Tontar y Macar. Todos de apellido Ron.

Los hermanos Ron siempre iban en el carro familiar, como Alanis Morrisette multiplicada por cuatro en el video de Ironic, hablando paja pareja. Eran todos muy parecidos, costaba distinguirlos, si acaso por el olor.

Cierta noche, por mala suerte, pasaron por una alcabala de la policía y les tocó en suerte la prueba del alcoholímetro. Naturalmente, no salieron bien librados.

“¡Pero si no atropellamos a nadie!”, rezongó Coscor, el mayor.

El verbo en presente revelaba cuán confiados estaban de sí, dejando abierta la posibilidad de un accidente.

La policía se los llevó presos, no era cosa de arriesgarse. Arresto preventivo.

A la señora Carterita Encaletada de Ron, abnegada madre, y a las tías: Li, Pizar, Mar y Ter Ron (y de paso, al ahijadito de Coscor, el pequeño Por Ron) no les alcanzaron los ahorros para pagar la fianza.

¿Fianza por qué?, dirán ustedes.

Es que eran demasiados grados alcohólicos juntos.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Asunto nuestro


"Érase una vez una ciudad. Sus habitantes eran simples muñecos. Pero hablaban y caminaban, tenían sensibilidad y movimiento y eran muy corteses. No se limitaban a decir «buenos días» o «buenas noches», sino que también lo deseaban, y de todo corazón. Tenía corazón aquella gente. Y eso que era gente de ciudad por los cuatro costados. Suavemente -y a regañadientes, como quien dice- se habían desprendido de su componente rústico y grosero. Su corte de ropa y su comportamiento eran de lo más refinado que un hombre de mundo o un sastre profesional hayan podido imaginar jamás. Nadie llevaba ropa vieja o raída ni excesivamente holgada. El buen gusto había impregnado a cada uno de los habitantes, no existía eso que llaman plebe, todos eran perfectamente iguales en cuanto a modales y educación, sin ser, no obstante, parecidos, lo que sin duda hubiera sido aburrido. En la calle sólo se veía, pues, gente bella y elegante, de noble y desenvuelto porte. La libertad era algo que sabían manipular, dirigir, frenar y conservar con sumo refinamiento. De ahí que nunca se produjeran transgresiones relacionadas con la moral pública. Y menos aún ofensas a las buenas costumbres. Las mujeres, sobre todo, eran estupendas. Su vestimenta era tan fascinante como práctica, tan hermosa como seductora, tan decorosa como atractiva. ¡La moralidad seducía! Por la noche, los jóvenes salían de paseo detrás de esa seducción, lentamente, como soñando, sin caer en movimientos presurosos ni ávidos. Las mujeres iban vestidas con una especie de pantalones, unos pantalones de encaje por lo general blancos o celestes que, por arriba, terminaban en un talle muy ceñido. Los zapatos eran altos y de color, del cuero más fino. ¡Era una delicia ver cómo los botines se ajustaban a los pies y luego a la pierna, y cómo ésta sentía que algo precioso la ceñía y los hombres sentían que la pierna lo sentía! Llevar pantalones ofrecía la ventaja de que las mujeres ponían su espíritu y lenguaje en su forma de andar, que, oculta bajo la falda, se siente menos juzgada y observada. Todo era, en general, un sentir único. Los negocios iban de maravilla, porque la gente era despierta, activa y honesta. Era honesta por educación y buen tipo. Complicarse unos a otros esa hermosa y fácil existencia no les hacía ninguna gracia. Dinero había suficiente y para todos, pues todos eran tan juiciosos que pensaban antes que nada en lo necesario, y todos facilitaban a todos el acceso al buen dinero. Domingos no había, como tampoco una religión por cuyos dogmas pudieran disputarse. Los lugares de esparcimiento eran las iglesias, en las que se reunían para meditar. El placer era para aquella gente una cosa sagrada, profunda. Que permanecían puros en el placer era algo evidente, pues todos tenían la necesidad de hacerlo. Poetas no había. Los poetas no hubieran podido decir nada nuevo ni edificante a gente así. También brillaban por su ausencia los artistas profesionales, pues la habilidad para cualquier tipo de arte se hallaba ampliamente difundida. Es bueno que los hombres no tengan necesidad de artistas para ser gente artísticamente despierta y talentosa. Y aquellos lo eran, porque habían aprendido a proteger y utilizar sus sentidos como algo precioso. No necesitaban buscar giros lingüísticos en los diccionarios porque ellos mismos poseían una sensibilidad fina, fluida, alerta y vibrante. Hablaban bien dondequiera que tuviesen la oportunidad de hacerlo; dominaban el idioma sin saber cómo habían llegado a hacerlo. Los hombres eran bellos. Su comportamiento correspondíase con su educación. Muchas eran las cosas que se deleitaban y ocupaban, pero todo guardaba relación con el amor por las mujeres guapas. Todo quedaba enmarcado en una relación delicada y ensoñadora. Se hablaba y pensaba con gran sensibilidad sobre cualquier cosa. Los asuntos financieros eran abordados con mayor tacto, nobleza y sencillez que hoy en día. No existían las denominadas cosas sublimes. Imaginarse alguna hubiera sido intolerable para aquella gente, sensible a la belleza del mundo existente. Todo cuanto ocurría, ocurría con intensidad. ¿Sí? ¿De veras? ¡Qué tonto soy! No, no hay nada cierto de aquella ciudad y aquella gente. No existen. Son pura y simple invención. ¡Muévete, muchacho!

Y el muchacho salió a pasear y se sentó en el banco de un parque. Era mediodía. El sol brillaba a través de los árboles y salpicaba manchas en el camino, en las caras de los paseantes, en los sombreros de las damas, sobre el césped: era un sol muy travieso. Los gorriones retozaban saltarines, y las niñeras empujaban sus cochecitos. Era como un sueño, como un simple juego, como un cuadro. El muchacho apoyó la cabeza en el codo y se integró en el cuadro. Poco después se levantó y se fue. Claro que esto es asunto suyo. Luego vino la lluvia y difuminó la imagen".

"Extraña ciudad", en: Historias (1914), incluido en: Vida de poeta, de Robert Walser (Alfaguara, 1989)

Domingo en viernes


"Sería muy grave si nuestra ausencia matinal del espíritu
estuviese reforzada por una ausencia física igualmente profunda"


Bernhard Waldenfels, "El habitar físico en el espacio"



La humanidad es eso (aunque no "solo" eso, ni "también" eso, y con "h" o con "H", ambas vienen al caso): levantarte antes de que todos, demasiado temprano (como aquellos domingos de la infancia en que la disyuntiva era hacer ruido para que vinieran a ocuparse de ti / no hacer ruido para poder explorar a tus anchas aquel mundo que, de día, solía estar acotado y regulado por los adultos; o como las viejas mañanas de Navidad); andar descalza por la casa como un fantasma, como una turista apenas pespunteada en la historia, turista de pasos de talco, esperando que empiece la vida, la animación de lo cotidiano... y ver a tu familia todavía cosida al sueño, encogida de frío o de comodidad entre sus edredones como capullos, indefensos ante la realidad (que nunca duerme) como niños y, a la vez, titánicos en ese poder sesgarse de la vigilia, libres de sus pensamientos, de sus nombres, de sus ataduras terrenales.


jueves, 1 de diciembre de 2011

Singalong

Mientras bebo el primer café del día, esto empieza a sonar en mi cabeza. Primero, pasito, un tanto vago; luego, de un modo inequívoco. Lo tarareo. Es una de las canciones más irresistibles que conozco. De esas que te provoca cantar a todo pulmón con los amigos, aunque desafinen. De esas que pueden proporcionar un instante de contentura incluso en la adversidad.

Tienes el don de mejorar cualquier música con solo prestarle oídos. Es así. Empezando por la tuya.
Anda, muchacho, canta fuerte, escúchate cantar...