sábado, 29 de mayo de 2010

Dos chicas quemadas




Estaba pensando en Ingeborg Bachmann (1926-1973) y Monica Zetterlund (1937-2005). Repasando esos detalles (algunos incongruentes) que las relacionan misteriosamente en mi archivo mental, pese a que en vida nunca se cruzaron y se desenvolvían en ámbitos muy distintos.

Bachmann, poeta y autora de guiones radiales y relatos; Zetterlund, cantante de jazz y actriz.


B. fue mujer de Paul Celan; a Z. se le atribuyó un romance con Marlon Brando.


1964 fue un año bueno para ambas: B. recibió el premio Büchner; Z. grabó con Bill Evans Waltz for Debby, el mejor disco de su carrera.

¿Alguna similitud en el peinado?

En ambos casos, una colilla mal apagada puso punto final a la historia, en la intimidad del hogar. Con tres décadas de diferencia. Ingeborg residía en Roma y tenía cuarenta y siete años; Monica vivía en Estocolmo y tenía sesenta y siete.

lunes, 24 de mayo de 2010

Autorretrato en sepia con fondo de Joaquín Sabina

Que el desconcierto ajeno anide en mi quietud de vez en cuando, no me extraña. He debido tomar más azúcar con el cereal y menos antialérgicos, cada mañana, desde los siete años, junto a las tablas de sumar, las toronjas cortadas por la mitad y la leche fresca. No soy perfecta, ni que quisiera podría serlo menos: para empezar, llevo a Tántalo de escapulario, colgado en el entrecejo de mi miope parabrisas.

Soy de esas que corren los cien metros planos con el fuego en las manos porque no sabían que para tal fin existía el pebetero. Soy de las que, por Gestalt, responden según lo que creyeron oír en vez de lo que les preguntaron, en vez de pedir un bis (esto es, piedad para su falta de atención). Y repetición, en comida, ni hablar: por pudor, por orgullo, por exceso de urbanidad o porque el estómago toma las de Villadiego cuando la tristeza se asoma a la boca, gato hidráulico en mano, y pregunta: “Hay alguien ahí”, buscando compañía o caries. Yo me escondo, no respondo, porque sé que es un matapollitos como cualquier otro, un chulo que te desvalija el alma y aún así le quedarás debiendo.


Soy la consecuencia de mil temblores que no llegaron a terremoto. Soy de las que empiezan montaña y de tanto chocar consigo mismas devienen guijarro, y todavía trémulas buscan su río, porque les han dicho que esa es la razón de ser de las piedras menudas, la protección de una corriente (¡viva la Mafia!). Soy de las que buscan el río hasta que el río las encuentra y entonces, ah, pueden meterse en líos porque tienen quien las arrope, quien las defienda, quien las arrastre.

Soy, suelo ser, un exceso de buenas intenciones en medio de una austeridad de malintencionados. De las que al terminar el free trial no tienen plata para pagar la suscripción. De esas a las que la ropa les queda grande (una escapista de su propia talla) y la sonrisa perfecta se las voló el viento una tarde que jugaban en el parque (en mi caso un diente, y se me puso lila, y luego gris, y después dicen que los huesos son indiferentes a los pleitos de la carne y la sangre, que a los huesos les vale madre... mientras no les rompan su calma de décadas).


No sé por qué sospecho que estas cosas quedarían mejor en una canción, pero mi música no es más que cieno, y lo trasiego de los oídos al cerebro (¿o acaso de los oídos al corazón?), y sufro su tránsito espeso en mis horas solas, y mastico estrofas rabiosas como el molinero que sabe que el grano al que con tanto amor se aplica no es suyo.


Si me preguntan cómo lo hago, la respuesta será siempre un resignado asombro: la verdad, no sé, ni quiero saber, por si se lo llevan, por si lo matan. Sólo quiero reír con ganas y valsar descalza sobre esta extraña conciencia: intuyo que negarla acentuaría mi estropicio, este haberme metido sin mirar por una galería contigua, de impulsos más lenta, y terminar disfrutando mi propio juego en diferido.


P.S.: La foto que ilustra este post no es mía... Sólo el marco.

jueves, 20 de mayo de 2010

Sometimiento voluntario


Revestido de talento como un uniforme
el rango de todo poeta es bien conocido;
pueden asombrarnos como una tormenta,
o morir tan jóvenes, o vivir solos durante años.

Pueden lanzarse a la carga cual húsares: pero él
debe esforzarse por dejar atrás su don juvenil y aprender
a ser sencillo y poco elegante, a ser
alguien a quien nadie se plantearía prestar atención.

Pues, para alcanzar su más leve deseo, debe
convertirse en el aburrimiento pleno, sujeto a
dolencias vulgares como el amor, entre los Justos

ser justo, entre los Sucios sucio también,
y sobre la endeblez de su propia persona, si puede,
soportar discretamente todos los agravios del Hombre.


“El novelista”, en: Otro tiempo, de W.H. Auden (1940)


(En la imagen, John Kennedy Toole, de pequeño, disfrazado de ruso o algo por el estilo. Creo que nunca le pasó por la mente ni por el corazón la intención de ser poeta, pero a partir del séptimo verso está pintado)


domingo, 16 de mayo de 2010

Clarice Lispector (o la sublimación de Narciso)


“Lo que me confunde la vida es escribir”, declara Clarice Lispector (1920-1977) en uno de esos falsos titubeos con los que pretende convencernos del carácter “accidental” de su narrativa. Escucho una débil queja en esta frase, tan débil que casi parece un regodeo. Al revisar el listado de los títulos que componen su extensa obra (y que en la posteridad no paran de multiplicarse, gracias al esfuerzo de sus editores), se me hace obvio que disfrutaba esa confusión. Quizás le torciera un poco las cosas, como a todo el que entrevé o huele de cuando en cuando la posibilidad escabullida de otra clase de existencia, pero no se concebía sin ella:

“Estoy pasando un infierno con este relato. Quieran los dioses que nunca describa un lazareto, porque si no, me cubriría de lepra”.

(O sea que
se sufre, pero se goza. Sufro, pero tengo que hacerlo. Me llama el deber de escribir).

Encuentro algo curioso en sus títulos, en especial, los que han sido publicados póstumamente: Aprendizaje o el libro de los placeres, Aprendiendo a vivir y otras crónicas, Donde se enseñará a ser feliz, Para no olvidar, Un soplo de vida, Agua viva… Suenan a libros de “superación personal”. Y en cierto modo lo son, pero no a la manera risible de los textos de autoayuda, sino como el testimonio de una artista que vuelve la mirada hacia adentro, hacia lo más hondo y medita incesantemente sobre la naturaleza del oficio que la escogió para desarrollar su talento.

En La hora de la estrella, mi tercera cita con esta escritora nacida en Ucrania y brasileña de adopción, he vuelto a sentirme privilegiada y aturdida ante la belleza de su prosa, no exenta de humor y crueldad. Es una belleza que no momifica los acontecimientos, sino que los trata con inusitado mimo. Una belleza que trasciende la sobriedad formal (esa que engaña a simple vista, pues en el fondo es más difícil de lograr que la ampulosidad, que el barroquismo), que aletea en torno a su propio fanal, trazando delicadas espirales de ideas y emociones.

Y digo “ideas”, porque buena parte de lo que se mueve en estas páginas pertenece al inasible ámbito del pensamiento puro. En su cogito ergo sum, la narradora —que tiene más de nube o de polvo cósmico que de invisible presencia antropomórfica— aventura interrogantes que, tan pronto sienten su propio peso, desdeñan cualquier respuesta; desgrana certezas que pasan ante el lector como celajes, a ratos sugiriendo, a menudo creando perplejidad.

Admirable e irritante a la vez (quizás debido a esa “confusión” consubstancial que menciono al principio), Lispector obliga a batallar con su estilo —como quien se abre paso a machetazos en el monte— para llegar a la médula de sus textos. Así aviva la impaciencia del lector por saber a dónde quiere llevarlo. A ratos uno piensa: “Ya basta de tanta cháchara y tanto melindre, ¡a lo que vinimos!”. Pero no se atreve a decirlo en voz alta, porque lo que esta mujer refiere está tan primorosamente expresado que el camino y sus demoras son tan gratificantes como la llegada.

Se trata de una orfebre del lenguaje, capaz de agraciar a las historias y los personajes más insignificantes. Así lo hace con Macabea, una pobre muchacha oriunda del noreste de Brasil y radicada en Río de Janeiro, donde trabaja como mecanógrafa. Sus días son una tragicómica hipérbole de la inocencia, como se refleja en algunas frases y párrafos tomados al azar:

“Le parecía bueno estar triste. No desesperada, porque nunca había llegado a eso, ya que era tan modesta y simple, pero sí esa cosa indefinible, como si ella fuese romántica. Claro que era neurótica, ni siquiera hay que decirlo. Era una neurosis que la sustentaba, Dios mío, por lo menos eso: muletas. De vez en cuando iba a la Zona Sur y se quedaba mirando los escaparates chispeantes de joyas y prendas de seda: sólo para mortificarse un poco. Es que echaba en falta encontrarse consigo misma y sufrir un poco es un encuentro”.

“¿Debo decir que se volvía loca por los soldados? Pues así era. Cuando veía uno, pensaba con un estremecimiento de placer: ¿será él quien me mate?”.

“Tenía lo que se denomina vida interior y no sabía que la tenía. Vivía de sí misma como si comiese sus propias entrañas”.

“La tercera vez que se encontraron —¿pues no fue que también estaba lloviendo?—, el muchacho, irritado, perdiendo ese mínimo barniz de fineza que su padrastro a duras penas le había enseñado, dijo:
—¡Pero usted no sabe nada más que llover!
—Disculpe”.


“Tan viva estaba que se movió con lentitud y acomodó el cuerpo en posición fetal. Grotesca como había sido siempre. Aquella resistencia a ceder, pero esa voluntad de un gran abrazo. Se abrazaba a sí misma con la voluntad de la dulce nada. Era una maldita y no lo sabía. Se agarraba a un hilillo de conciencia y se repetía mentalmente, sin cesar: yo soy, yo soy, yo soy. Quién era es lo que no sabía. En su propio, hondo y negro núcleo había ido a buscar el soplo de vida que Dios nos da".

Aun en sus pasajes más dubitativos, la escritura de Lispector exhala honestidad (si bien ella asegura que “la verdad es irreconocible”, sabemos que de algún modo se ha hecho presente cuando el corazón da un vuelco). Podría comparársele con una mina cuyas vetas van quedando expuestas a nuestros ojos, mientras oímos claramente el ruido del pico y la pala que lo hacen posible; pero sólo porque la autora quiere que los oigamos, convirtiéndolos en otro atractivo de su prosa, la desnudez metaficcional:

“Ah, el miedo de empezar sin saber siquiera el nombre de la chica. Sin mencionar que la historia me desespera por su enorme simpleza. Lo que me propongo contar parece fácil, a la mano de todos. Pero su elaboración es muy difícil. Porque tengo que dar nitidez a lo que está casi apagado, a lo que apenas veo. Con unas manos de dedos duros, enlodados, palpar lo invisible en el mismo lodo”.


El discurso remolonea, se entrecorta y se pergeña en cierto ensimismamiento, donde reflexiona sobre su avance con el perpetuo asombro de quien posee de un don que sabe frágil y poderoso a la vez. Pero no es el miedo a la página en blanco, sino a las consecuencias de la “pesca milagrosa” (como Lispector llama al acto literario) lo que se esconde tras esa cautela, tras esa renuencia a fluir y dejar que el lector fluya despreocupadamente. Y es también, por supuesto, enamoramiento de la palabra.

La pesca milagrosa

“Entonces escribir es como quien usa la palabra como un cebo: la palabra que pesca lo que no es palabra. Cuando esa no palabra muerde el cebo algo se ha escrito. Cuando se ha pescado la entrelínea se puede con alivio tirar la palabra. Pero ahí acaba la analogía: la no palabra, al morder el cebo, la ha incorporado. Lo que salva entonces es leer «distraídamente»”.

Clarice Lispector, Para no olvidar. Crónicas y otros textos (Siruela, 2007)

jueves, 13 de mayo de 2010

El Principito (versión niño índigo), por Antoine de Saint-Exupéry


La primera noche dormí en la arena a mil millas de toda tierra habitada. Estaba más solo que un náufrago en medio del océano. En tales circunstancias ya pueden imaginarse mi sorpresa cuando al día siguiente, al despertar, oí una simpática vocecita que me decía:
—Háblame de la “corderidad” del cordero.
—¿Cómo?
—Háblame de la “corderidad” del cordero.

De un brinco me puse de pie como si hubiera sido tocado por un rayo. Me froté los ojos y miré detenidamente. Era un hombrecito en verdad extraordinario que me observaba gravemente.

Contemplé esta aparición con ojos redondos de asombro. Recuerden que me encontraba a mil millas de toda región habitada. No obstante, mi pequeño hombrecito no me pareció ni perdido, ni muerto de fatiga ni de sed, ni de miedo. No tenía la apariencia de un niño perdido en el desierto, a mil millas de toda región habitada. Cuando por fin pude hablar, le dije:
—Pero… ¿Qué haces aquí?
—Soy una alucinación.

Debió notar mi súbita palidez, porque enseguida agregó:
—Ah, ¿te asustaste? Era una broma. Por favor, háblame de la “corderidad” del cordero.

Cuando el misterio es demasiado impresionante, uno no se atreve a desobedecer. A pesar de lo absurdo que esta petición me pareciera hallándome a mil millas de distancia de cualquier lugar habitado y en peligro de muerte, saqué una hoja de papel de mi bolsa y una pluma. Pero me acordé entonces de que lo que yo había estudiado asiduamente era geografía, historia, cálculo y gramática, y le dije al pequeño hombrecito, con un poco de mal humor, que habría de conformarse con que le “dibujara” un cordero. De paso, le advertí que no era muy bueno en esas lides, así que no debía esperar gran cosa.

Él refunfuñó algo que no pude entender, luego pareció resignarse. Yo me dije, para mis adentros: “Caramba, estos niños ya no son como los de antes”. Y elevé la vista al cielo en búsqueda de inspiración.


martes, 11 de mayo de 2010

Enzarzada

A veces, aunque estoy rebosante de ideas, sílabas y ganas, no hablo porque no sé qué tengo derecho a decir. Es una excusa fatal, pero eso no lo hace menos cierto. Y me pone un poco triste (y un poco loca, también).

A veces no puedo hablar porque no sé que tengo derecho a decir. Y mientras expurgo mis frases del miedo a ir presa (o a que la policía ignore "mi vandalismo rosa"), la oportunidad se impacienta y levanta el vuelo.

¿Acaso todo lo que no diga será usado en mi contra?

Nada sabe más amargo que esas palabras que, aunque muera por gritarlas, me toca tragar.

domingo, 9 de mayo de 2010

Aburrimiento (en el Día de las Madres)


Te avergüenza confesar tu ocasional aburrimiento, porque te reconoces como la única culpable de que venga de visita. De hecho, pocas veces lo manifiestas en voz alta, muchas menos de las que lo sientes deambular por tus pasillos. Aburrirte expresa una mala administración de tu tiempo, los esfuerzos y las opciones que la vida te ofrece; una especie de ceguera de los sentidos, un bloqueo de tu conciencia y tu voluntad ante lo mucho o lo poco que hay por hacer (porque siempre queda algún detalle pendiente).

De modo que no hablamos de la pérdida de la capacidad de hallar placer en lo conocido o en lo nuevo, ni del cansancio ocasionado por las rutinas y los allegados, sino de esa temible sensación de vacío, insatisfacción, incertidumbre, asfixia, finis terrae, que te asalta una vez a la cuaresma, y que sólo podrías describir como
una locomotora que se detiene.

Hasta donde alcanza tu memoria, la primera vez que le dijiste a tu madre que estabas aburrida (esperando que hiciera “algo al respecto”) tenías cinco años. Por supuesto, ella no te tomó en serio. Peor aún: sin siquiera mirarte a la cara, te toreó con un insulso juego de palabras que ya por entonces aborrecías: “No sea-burra, niña”. Estaba en camino la epifanía de que tu Magna Proveedora no era tal cosa. Por más que se esforzara, velando junto a tu padre por tu alimentación y tu abrigo, tu educación y otras obligaciones a las que la invitaban la Ley y el instinto (que es otra clase de ley), jamás podría llenar el saco de tus necesidades emocionales. En ese sentido, más que un regalo, más que una hija o una muñequita, la vida le metió una piña bajo el brazo.

(No es fácil ser una piña).

Los adultos cometen un grave error al creer que los pequeños no se fastidian. Su tedio va creciendo con ellos, a la par de su sombra... Sin embargo, a diferencia de la sombra, el tedio no mantiene su mansedumbre, su respeto hacia la forma que lo proyecta.

Conforme han ido creciendo juntos, tu tedio se ha nutrido de cada hora muerta que has transitado al desgaire. Te acecha en silencio y un buen día te saldrá al paso y sabrás (¡cómo sabrás!) que aquella quejita infantil —que parecía menos grave que un dolor de oídos o un vómito nocturno— era sólo el preámbulo, el ruido de la llave entrando en la cerradura, el inútil brocal del pozo. Y que has llegado a él para quedarte... O para probar que sabes nadar.


(Por suerte
—y aunque no fue idea de tu madre te enviaron a la escuela de natación a muy tierna edad).

La hija de Miranda en la Carraca


viernes, 7 de mayo de 2010

Una maracucha en Seattle


En estos días en que los gatos me persiguen (los encuentro por doquier y, por si fuera poco, vienen a mí y se dejan acariciar con sospechosa docilidad), conseguí en la red esta imagen de Yva Las Vegas en 2001, quien fuera una especie de “celebridad de a pie” en Seattle cuando ésta ya se había enfriado como epicentro de la movida rockera de los noventa. Me sorprendió verla desmaquillada, melancólica, casi con pinta de homeless. Cargando ese minino enorme. La recordaba de otras fotos en las que aparecía más “próspera”: hinchada, tosca, con cara de pitbull, peinada con pinchos azules… En contraste con un Krist Novoselic trajeado y normalito, que intentaba levantar cabeza después del suicidio de Kurt Cobain.

Cenicienta musical, Las Vegas se convirtió en fuente de envidia y admiración cuando, de cantar canciones criollas venezolanas y otras cosillas en las calles de Seattle acompañándose con un cuatro, pasó a formar con el ex bajista de Nirvana una banda llamada Sweet 75, en la que alternaba la guitarra eléctrica con el bajo y entonaba himnos autoconmiserativos en un inglés chapurreado. Su debut y despedida (un álbum homónimo editado por Geffen en 1997) acusaba tímidas reminiscencias grunge sin aportar temas memorables.

Lo interesante aquí fue que, sin ceder el control creativo, Novoselic le permitió a Yva lucirse con ciertas extravagancias que el público estadounidense no supo apreciar:

-La vida, un tema en español que le hubiera quedado pintado a María Rivas, con cuatro incluido y la participación especial de Herb Alpert, el trompetista del Tijuana Brass (“la vida es así / así na’ más / aunque ya no la quieras / ni agarrar”).

-Ode To Dolly, una animada (j)oda a Dolly Parton donde nuestra desparpajada vocalista (y lesbiana confesa) revela que prefiere ser una “country swinger” que una “country singer”.

-Cantos de pilón (“Las estrellas de mi cielo / toditas tienen su nombre”), una caricatura de nuestro folklore, rematada por el monótono acordeón de Novoselic (¿se acuerdan de Nirvana versionando Jesus Doesn’t Want Me for a Sunbeam en el MTV Unplugged? Definitivamente, no hay nada más cursi que un croata de tres pisos tocando acordeón con cara de zonzo).


Me gustaría poder decir que, de algún modo, con su efímero paso por la escena rockera estadounidense, Yva Las Vegas hizo realidad mi fantasía de oír a Lilia Vera versionando White Rabbit, de Jefferson Airplane (un cruce traído de los pelos, lo sé). Pero la voz de esta señora no da para tanto. Tiene lo suyo; sin embargo, donde se espera potencia, pasión o furia, suena cansada, amarga, incluso cuando se supone que está gritando. ¿Será por lo que revela en Take Another Stab: “I used to be lovely”? Ese es mi verso favorito de todo el disco. Más que nostalgia, rezuma decepción. Algo se torció en el camino y, voilá!


Como sea, las frases interesantes no son problema para la banda. Sutilezas semánticas como “You think you're up / but you're only high” (Japan Trees) y estribillos brutales, del tipo “Your pain is nothing to me” (Oral Health). Escupidos en tu ojo bueno como si tal cosa.


Flor de un día, Sweet 75 no fue elogiado pero tampoco fue destrozado por la crítica. A nadie atrajo ni espantó su concepto “mamarracho”. Su CD es el más barato de mi colección (me costó, si mal no recuerdo, cincuenta centavos de dólar), al punto que casi sentí que me lo estaba robando cuando lo pagué. Sí, de repente pensé en la banda y el equipo de producción como una maquila. Los que trabajaron
horas-culo (como suele decir mi jefa) para hacerlo realidad. Pero así es la vida: nunca sabes cuándo tu trasero va a terminar en un remate.

¿Que por qué lo compré? Ah, uno le toma cariño a estas cosas. Por derrelictas. Por curiosas, por nimias, por huérfanas del favor histórico, como gatos callejeros. Porque huelen a ingenuidad y a barbarie, a “aquímismito”. ¿Cómo no sonreír al leer en los agradecimientos, después de una pila de nombres gringos: “A Yuraima, Yurima, Yujoiva, Ramón, Cheche y los Guillermos”? ¿Qué pintoresco nombre con “Y” aparecerá en la cédula olvidada de nuestra maracucha de oro? Porque ese “Yva” debe ser un rastro desdibujado de su pasado local, una abreviatura adoptada con propósitos artísticos (o con el propósito de encarar una nueva vida, una vida más libre). ¿Y, finalmente, cómo no alzar las cejas al constatar que la firma bajo la que publica sus temas es “Sin Cojones Music”?


Me divierte pensar que el realismo mágico alguna vez se atapuzó de patacones y ahora, como tantos connacionales, tiene visa americana. Quién sabe si vencida. Esperemos que no.